
Por Juan Pablo Durán
A lo mejor habrá que repetirlo de nuevo. ¿Será hasta el cansancio? Parece que sí. A ver, repitamos todo otra vez, como cada año: el 24 de marzo de 1976 no marcó el inicio de una guerra, fue la instauración de un plan sistemático de terrorismo de Estado. Bajo el pretexto de derrotar o aniquilar la subversión, las fuerzas armadas no combatieron a un ejército enemigo en igualdad de condiciones, sino que utilizaron toda la infraestructura de la nación para secuestrar, torturar y desaparecer a estudiantes, trabajadores, maestros y artistas. No hubo dos demonios enfrentados, hubo un Estado que se convirtió en victimario de su propio pueblo para imponer, con sangre y balas, un modelo económico generador de pobreza.
Sin embargo, 50 años después de aquel horror, Argentina asiste a un fenómeno alarmante. Vemos el ascenso de una facción que utiliza la palabra “libertad” como un caballo de Troya.
Aunque Javier Milei y Victoria Villarruel se autodenominen liberales o libertarios, sus acciones y discursos los sitúan en las antípodas de esa tradición. Un liberal auténtico pone el límite en el respeto a la vida y la integridad física frente al poder del Estado. Ellos, por el contrario, demuestran ser ultraderechistas camuflados, cuyo verdadero núcleo ideológico es el conservadurismo reaccionario y la reivindicación de la violencia por parte del Estado.
Pero lo curioso de esto es que el gobierno ha abandonado incluso la ya superada “teoría de los dos demonios”. Le quedó chica. Ya no intentan equiparar las violencias, sino que han pasado directamente a la reivindicación del terrorismo de Estado. A través de la difusión de un video oficial, la gestión de Milei ha optado por la provocación sistemática, incluyendo testimonios que buscan validar el accionar de los represores. El caso de hijas de desaparecidos que reivindican a sus familias de expropiadores es el ejemplo más crudo de esta operación cultural. ¿Buscan acaso sustituir el dolor de las víctimas por una narrativa de “justicia” militar?
Este andamiaje discursivo no surge del vacío. Cuenta con exegetas y propagandistas de la “nueva derecha” como Agustín Laje y Nicolás Márquez, quienes han dedicado su carrera a cuestionar los consensos básicos de los Derechos Humanos. Para estos intelectuales del negacionismo, la dictadura fue una necesidad y la democracia actual es un estorbo para su proyecto de “batalla cultural”. Márquez, biógrafo y amigo personal del presidente, no oculta su desprecio por las libertades civiles que no encajen en su visión teocrática y militarista.
Hay una marcada contradicción. Porque mientras Milei habla de la “libertad de mercado”, Villarruel organiza visitas a genocidas condenados en las cárceles y defiende la “memoria completa”. ¿Un eufemismo de de impunidad? Un liberal no reivindica a quienes usaron el Estado para violar mujeres y arrojar personas vivas al mar. Esa es la marca distintiva de la ultra derecha autoritaria. Usar las herramientas de la democracia para llegar al poder y, una vez allí, dinamitar los puentes de la memoria que impiden que el horror se repita.
Hoy, la racionalidad ha sido desplazada por el circo del odio. El uso político de la historia por parte de este gobierno no busca la verdad, sino que busca quebrar a la sociedad. Al reivindicar el pasado más oscuro de la Argentina, Milei y sus obsecuentes que fingen demencia, no están liberando al país, están intentando encadenarlo nuevamente a una narrativa donde el Estado tiene el derecho de aplastar a quien piense distinto.
