
Blandiendo miles de pancartas y cargando mochilas al hombro, apoyada por profesores y padres, y acompañada por numerosos infiltrados y sólidos cordones policiales, la juventud francesa volvió a salir a las calles este martes para el “Tercer Acto” de su protesta escolar. Entre 256.000 y 450.000 manifestantes marcharon en todo el país, tras algunas tragedias ocurrida en las últimas horas, que ha puesto a la policía en el banquillo de los acusados.
La jornada de este martes estaba destinada a ser una demostración de fuerza. Y lo fue. Según el Ministerio del Interior, 256.000 personas manifestaron en toda Francia, de las cuales 56.000 lo hicieron en París. Por su parte, la coalición sindical juvenil, liderada por la Unión Sindical de Estudiantes de Secundaria, cifró la asistencia en 450.000.
Desde primera hora de la mañana, las concentraciones regionales ya habían reunido a 86.000 personas en unas 30 ciudades. En los colegios y liceos, el panorama era el de un país paralizado: las clases se suspendieron, total o parcialmente, en 891 de los 3700 institutos, según el Ministerio de Educación. Muchas instituciones también se vieron afectadas por el absentismo de los docentes en huelga. Y las universidades tampoco escaparon a la ola de protesta: las sedes de París 8 en Saint-Denis y París Nanterre ya habían sufrido bloqueos y cierres.
En París, la marcha partió hacia la Plaza de la Nación desde la Plaza de la República alrededor de las 14.30. Estudiantes de secundaria, universitarios, padres, profesores y sindicalistas marcharon juntos para exigir más recursos para la educación. Por la noche, después de la desmovilización, numerosos grupos de manifestantes desafiando las fuerzas de policía, gritaban al unísono un nombre: “Jean-Luc Melenchon”, líder de La Francia Insumisa (LFI) de extrema izquierda, acusado por el gobierno de atizar —y aprovechar— la violencia de los estudiantes.
En consecuencia, la fiesta se tiñó pronto de gas lacrimógeno. Durante la marcha en París, estallaron tensiones entre los manifestantes y las fuerzas del orden. La prefectura de policía afirmó haber detectado a unos 300 individuos “hostiles” entre la multitud.
Mientras tanto, en las afueras de Toulouse, el director de un centro educativo fue alcanzado por proyectiles.
Pero, ¿quiénes se esconden detrás de esos pasamontañas y capuchas, todos vestidos de negro? Esa es la pregunta que atormenta a los directores de colegios y liceos desde el inicio del movimiento. En Bastia, Anne Malka, directora del instituto Giocante de Casabianca, relató que unos “jóvenes encapuchados ajenos a su centro” se presentaron para provocar incendios ante las puertas del colegio. Fueron sus propios alumnos, que se manifestaban pacíficamente, quienes impidieron que lo lograran.

“Hay grupos extremadamente organizados”, afirma Carole Zerbib, directora de un instituto que fue incendiado durante las movilizaciones.
En otros lugares, varios docentes han comunicado al ministro de Educación que las personas que tenían enfrente “no eran sus alumnos”. El responsable de la cartera, Édouard Geffray, habla de un movimiento “tomado como rehén por grupúsculos ultra violentos”, mientras que el ministro del Interior, Gérald Darmanin, duda que esta “minoría activa y violenta” esté compuesta por estudiantes de secundaria.
El palacio del Elíseo ha ido más allá, acusando al partido de extrema izquierda, La Francia Insumisa (LFI) y a la ultraizquierda en general de orquestar los disturbios. LFI denuncia una “teoría conspirativa”, y hasta la fecha ninguna investigación ha determinado la identidad de estos vándalos enmascarados.
Sin embargo, el temor que se cernía sobre todas las manifestaciones llegó del Pas-de-Calais, en el norte del país. El lunes por la mañana, alrededor de las 10.30, frente al instituto profesional Auguste-Béhal de Lens, un alumno de 15 años perdió la mano debido a la explosión de una granada lanzada por las fuerzas del orden.

Según el prefecto, entre 200 y 250 estudiantes estaban lanzando piedras, fuegos artificiales y morteros a la policía en ese momento. La fiscalía aún ignora si el adolescente recogió el artefacto o si le impactó directamente en la mano. Un testigo es tajante: “No la recogió, le cayó en la mano”.
Trasladado al hospital de Lille, el joven no corre peligro de muerte.
El prefecto del Pas-de-Calais, François-Xavier Lauch, reconoció la gravedad del incidente: “Nuestro objetivo en el mantenimiento del orden no es llegar a este tipo de hechos. Hago un llamamiento a la calma”.

Las clases en el instituto Béhal se trasladaron a la modalidad “a distancia” y se habilitó un servicio de apoyo psicológico para los alumnos conmocionados.
Pero el caso de Lens no es un hecho aislado. En Tours, Maël, de 16 años, perdió la visión del ojo derecho debido a lesiones “compatibles” con un disparo de LBD (dispositivo de defensa lanzador de proyectiles), según la fiscalía. La inspección de policía (IGPN) fue notificada el mismo día.
En Argenteuil, otro estudiante de 16 años podría perder un ojo, y su familia ha presentado una denuncia contra autores desconocidos. En Saint-Ouen-l’Aumône, al norte de París, un alumno de 14 años sufrió una fractura doble de mandíbula tras recibir un disparo de un lanzador Cougar a quemarropa.
El Defensor del Pueblo se hizo cargo del caso. Pero todas esas heridas, conmueven a la población y han reavivado un recuerdo doloroso: durante la crisis de los chalecos amarillos, en 2018 y 2019, unos 30 manifestantes perdieron la vista de un ojo tras disparos con LBD.

Estas tres semanas después de los primeros bloqueos, el 17 de septiembre, las cifras oficiales dibujan una crisis de una magnitud inusual. Desde el inicio del movimiento, 215 alumnos resultaron heridos, según el ministro de Educación Nacional, Édouard Geffray. Por parte de los educadores, 85 fueron heridos, entre ellos 34 directores y subdirectores de centros.
“Nuestra prioridad absoluta es proteger a nuestros alumnos”, reiteró el ministro el martes, al tiempo que denunciaba “una violencia extrema” dentro del movimiento.
Las fuerzas del orden también están pagando un alto precio: 715 policías y gendarmes han resultado heridos desde el 28 de septiembre, de los cuales 65 corresponden únicamente al lunes. En el mismo periodo, 6059 personas fueron detenidas, incluyendo 984 el lunes.
La maquinaria judicial trabaja a pleno. Según el Ministerio de Justicia, 5060 personas quedaron bajo custodia policial (el 87% son menores) y 1802 enfrentan cargos judiciales.
Los estudiantes, por su parte, trasladan el debate al aula. Denuncian clases de entre 30 y 35 alumnos, profesores ausentes que nunca son sustituidos, jornadas de 8 a 18 horas y edificios inadecuados para las olas de calor. Su plataforma común incluye diez reivindicaciones, entre ellas un plan de emergencia para la renovación de los institutos educativos, contrataciones masivas y el fin de la selección mediante el sistema Parcoursup, la plataforma utilizada por el ministerio para asignar las plazas en las universidades a los alumnos que acaban de terminar la secundaria. Los sindicatos de docentes los apoyan: “Sus reivindicaciones son legítimas, cuentan con nuestro respaldo”, afirman.
Ante las imágenes de jóvenes mutilados, el gobierno respondió principalmente mediante investigaciones. Se han encomendado diez investigaciones a la Inspección General de la Policía Nacional (IGPN) desde el inicio del movimiento. Para el caso de Lens, la IGPN se presentó en el lugar el lunes alrededor de las 13. Sus expertos deben determinar el tipo de granada, descrita inicialmente como una granada de dispersión y posteriormente como una granada utilizada. Lo hacen examinando las cámaras de, las imágenes de las cámaras corporales de los policías y los vídeos difundidos en redes sociales.
Y las investigaciones van rápido. El policía sospechado de haber disparado la granada que hirió en la cara al adolescente de 14 años en Saint-Ouen-l’Aumône fue acusado formalmente y colocado bajo control judicial, según anunció la justicia.
