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La última vez que la selección de Irán pisó Estados Unidos, entre amenazas y la intervención del FBI

Desde la revolución islámica de 1979 hasta este 2026 en el que Irán deberá participar del Mundial 2026 en medio de la guerra con uno de los anfritiores, el seleccionado de Medio Oriente pisó solo una vez suelo norteamericano: fue poco antes del atentado a las Torres Gemelas y su organización resultó una odisea.

El Mundial 2026 se desarrollará en Estados Unidos, México y Canadá a partir del 11 de junio en medio de un contexto particular, porque el principal anfitrión tomó el centro de la escena en el escenario internacional afrontando conflictos de diversa índole, principalmente la guerra en Medio Oriente contra Irán, uno de los países clasificados que finalmente participará de la cita. Esto hará que el seleccionado de fútbol de la nación árabe vuelva a pisar suelo estadounidense para un partido, algo que hizo una sola vez, en el 2000, cuando las relaciones ya eran tensas y poco antes del atentado a las Torres Gemelas.

El encuentro se disputó el 16 de enero del 2000 y surgió de casualidad. Para eso hay que remontarse a la Copa del Mundo de Francia 1998. En ese certamen, ambos coincidieron en el grupo F junto a Alemania y Yugoslavia. El 21 de julio se enfrentaron en Lyon por la segunda fecha y los asiáticos se impusieron por 2-1, pese a que finalmente los dos terminarían eliminados. Pero más allá de eso, el partido resultó un símbolo por la disputa política que representó. Claro, por entonces las relaciones diplomáticas estaban rotas desde que en 1979, durante la revolución islámica, fueran tomadas de rehenes 52 personas que trabajaban en la embajada norteamericana en Teherán.

Tanto es así que en la antesala del encuentro, los jugadores intercambiaron regalos y el entonces mandamás de la Casa Blanca, Bill Clinton, había expresado: “Espero que sea un paso para poner fin al distanciamiento entre nuestras naciones”. Gracias a ese encuentro, se conocieron Mehrdad Masoudi, un iraní que trabajaba como director de comunicaciones de la Asociación Canadiense de Fútbol, y Hank Steinbrecher, el secretario general de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, quienes terminarían siendo claves en esta historia.

Tres semanas más tardes de aquel encuentro icónico, el 11 de julio, un día antes de la final del Mundial que terminaría ganando el local, Francia, la FIFA organizó una recepción para la prensa con el fin de promocionar la Copa Mundial Femenina del año siguiente y fue en ese marco que Masoudi y Steinbrecher se reencontraron. En medio de la conversación, surgió la idea de repetir ese partido cuando se cumpliera un año y, pese a que la realización se postergaría unos meses más, se pusieron a trabajar. No sin afrontar dificultades.

Con ellos como intermediarios empezaron las negociaciones y llegó a Irán la invitación formal de Estados Unidos. Un dato que contextualiza la situación: desde la revolución de 1979, los únicos deportistas iraníes que habían pisado suelo nortemaericano en 20 años fueron un grupo de luchadores y unos pocos que participaron de los Juegos Olímpcios de Atlanta 1996. La firma del contrato se estableció con una condición inamovible para el país deMedio Oriente: que al llegar, a la delegación no le tomaran las huellas dactilares ni les sacaran fotos.

Lo que parecíoa un objetivo alcanzable, pronto se volvió una misión titánica para Steinbrecher. En noviembre de 1999 el director de eventos de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, Thom Meredith, llamó a Masoudi para decirle que no les permitían la excepción. El iraní aguantó todo lo que pudo porque sabía que si avisaba a la federación de su país, el amistoso se caería. Pero cuando nadie lo esperaba, desde el Departamento de Estado llegó una misiva firmada por un integrante de alto rango del Gobierno apoyando la iniciativa. Ninguno de los involucrados supo nunca cómo ni quién lo destrabó.

Lo cierto es que resuelto el primer y principal escollo, estaba todo dado para que el partido se disputara en Los Ángeles, una ciudad que contaba con una importante cantidad de ciudadanos iraníes. Otro nombre clave para que esta hisotria fuera posible fue el presidente de la Federación Iraní de Fútbol, Mohsen Safaeir Farahani, quien se plantó ante el presidente del país, Mohammad Khatami, quien presionado por el clérico que comandaba la nación, le pidió suspenderlo.

La gira constaría de tres partidos que representarían un ingreso de 200 mil dólares por presentación para la Federación. Los rivales fueron México (derrota por 2-1), Ecuador (victoria por 2-1) y Estados Unidos, con el que terminarían igualados 1-1 en una jornada festiva. Para eso, la delegación iraní viajó desde Frankfurt, Alemania, acompañada por Meredith, hacia Chicago. Al llegar, obvio, un nuevo problema esperaba: un guardia recibió a los futbolistas y enseguida se dispuso a tomar las huellas y sacar fotos. El gesto provocó la furia de Farahani que acusó de traición a Meredith. Todo se calmó luego de que el funcionario de la Federación mostrara una copia de la carta que le había llegado desde el Departamento de Estado.

Ya en suelo americano, el clima hostil escaló. El DT iraní, Mansour Pourheidari, denunció haber recibido un llamado en el que le ofrecían un millón de dólares para que se retirara. Peor fue la suerte para Farahani, quien fue manezado de muerte. Nadie se hizo oficialmente cargo de las amenazas, pero los hechos alertaron al FBI, cuya una de sus hipótesis tenía en la mira a una supuesta organización islámica enojada porque, entre otras cosas, Irán disputaría un partido en el que habría una importante publicidad de una bebida alcohólica (la cerveza Budweiser), cuando para la ley musulmana está prohibido beber. 

Pese a todo, Farahani se mantuvo en su postura y el encuentro se llevó a cabo. No sin precauciones previas: el FBI puso un colectivo señuelo y cerró la autopista que utilizó la delegación para ir al estadio. En el suñuelo viajaron falsos jugadores; los verdaderos lo hicieron en otro micro que estaba escondido en uno de los garages subterráneos del hotel. También se cerró el espacio aéreo del estadio para evitar algún posible atentado.

Finalmente, el encuentro resultó un evento festivo, con un clima muy similar al de los partidos de la NFL, nomás que en vez de venderse hamburguesas en las cercanías y el estadio, ese día se vendieron kebabs iraníes. Hubo 50.181 personas en la cancha, muchos iraníes refugiados y, pese a que en concreto no sirvió para sellar la paz entee los países -poco después sería el atentado del 11 de septiembre-, sí quedó en el recuerdo como un símbolo de que el deporte puede tender puentes y reestablecer la diplomacia al menos por un rato.

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