
En su primer discurso público en Uruguay, brindado en una multitudinaria Plaza Independencia de Montevideo, el papa León XIV abordó la problemática del suicidio, la defensa de la vida por nacer y la importancia de garantizar la cobertura sanitaria universal.
Acompañado por el presidente uruguayo Yamandú Orsi y ante cerca de 30.000 personas, el Pontífice inició su gira por Latinoamérica compartiendo detalles sobre su reciente cirugía pulmonar para reflexionar sobre la vulnerabilidad humana y la responsabilidad social hacia la salud.
La salud en primera persona y los debates sociales
Al recordar su reciente paso por el quirófano, León XIV remarcó que las limitaciones físicas y la enfermedad deben mover a la sociedad a proteger a quienes carecen de recursos médicos: “Esta experiencia me lleva a pensar en tantos hombres y mujeres que carecen de medios para obtener un diagnóstico oportuno o recibir los tratamientos que necesitan”. En ese sentido, enfatizó que la fragilidad no resta valor a la vida ni despoja a las personas de su condición de miembros plenos de la comunidad.
Asimismo, se refirió al escenario legislativo e institucional del país charrúa —donde rige la legalización del aborto y la reciente ratificación de la eutanasia en 2025— afirmando que “quien todavía no ha nacido pertenece ya a la familia humana y al futuro de su pueblo”. A su vez, hizo foco en la elevada tasa de suicidios registrada en el país (19,16 muertes cada 100.000 habitantes en 2025), haciendo un llamado urgente a fortalecer las redes familiares, los lazos comunitarios y la asistencia en salud mental.
Convivencia democrática, laicidad y rol regional
En otro tramo de su alocución, el Pontífice valoró los 40 años de democracia ininterrumpida en Uruguay y destacó como una muestra ejemplar de convivencia política la presencia conjunta del mandatario Yamandú Orsi junto a los expresidentes Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle Herrera y Luis Lacalle Pou.
Respecto a la laicidad del Estado uruguayo, sostuvo que la neutralidad institucional debe actuar como un garante de respeto equitativo para creyentes y no creyentes, evitando recluir la vivencia religiosa al fuero privado. Finalmente, destacó la vocación de diálogo y la tradición diplomática de la nación oriental ante el complejo panorama de conflictos internacionales.
