
El 8 de abril de 1987, Karol Wojtyla aterrizaba en el Aeropuerto Benjamín Matienzo, dejando una huella imborrable en el corazón de los tucumanos. Hoy, miércoles 8 de abril de 2026, recordamos aquel encuentro cargado de fe y el potente mensaje que el “Papa viajero” dedicó a la “Cuna de la Independencia”.
Este miércoles 8 de abril se conmemora un nuevo aniversario de un hito para la provincia: la única visita del Papa Juan Pablo II a Tucumán. El Pontífice 264 de la Iglesia Católica llegó a nuestra tierra hace exactamente 39 años, en el marco de una gira sudamericana que incluyó Uruguay y Chile. Tras recorrer diversas ciudades argentinas como Bahía Blanca, Viedma, Mendoza y Salta, el Santo Padre eligió Tucumán como un punto clave de su itinerario antes de cerrar la Jornada Mundial de la Juventud en Buenos Aires.
Al aterrizar en el Aeropuerto Benjamín Matienzo, Juan Pablo II fue recibido por una multitud entusiasta que buscaba su bendición. El Papa, quien falleció en 2005 y fue canonizado por Francisco en 2014, se dirigió a los tucumanos con palabras que resaltaban la identidad histórica de la provincia y su responsabilidad en la custodia de la libertad argentina.
La Homilía de Juan Pablo II en Tucumán
A continuación, se transcribe el mensaje completo que el Santo brindó durante aquella jornada histórica, centrada en la filiación divina y la libertad:
“Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8, 18).
Con estas palabras, invitaba San Pablo a los cristianos de Roma a que levantaran su mirada por encima de las difíciles circunstancias que entonces estaban atravesando, y percibieran la insondable grandeza de nuestra filiación divina… En pos de esos derroteros, el Sucesor de Pedro ha venido a la tierra tucumana, para alabar con vosotros la misericordia de Dios Padre.
Lo hacemos aquí, en esta ciudad de San Miguel de Tucumán, a la que llamáis Cuna de la Independencia, por haber iniciado aquí vuestro camino en la historia como nación independiente. Desde entonces, los habitantes del Norte argentino os sentís especialmente vinculados a este lugar; y habéis cultivado un marcado amor a vuestra patria, sintiendo además la responsabilidad de custodiar la libertad y la tradición cultural de la Argentina.
Saludo con todo afecto a mis hermanos en el Episcopado; en primer lugar, al arzobispo de Tucumán… Saludo a todos los tucumanos y santiagueños que habéis querido participar en esta celebración litúrgica. Sois dignos herederos de aquellos hombres y mujeres que os trajeron la semilla de la fe.
La filiación divina es una llamada universal a la santidad… Os invito ahora a reflexionar conmigo sobre dos características fundamentales: la libertad y la piedad. En el lenguaje bíblico, la libertad es la condición propia de los hijos. Ser libres significaba, antes que nada, no estar esclavizados por el pecado, no servir a dioses extraños o a cualquier forma de ídolos, incluido el propio yo.
Desde su nacimiento como nación, que fue sellado en la Casa de Tucumán, la Argentina ha ido adelante guiada por ese instinto certero que relaciona estrechamente la libertad de sus gentes con la fidelidad a esa herencia. El hombre del Norte argentino bebió en esas fuentes espirituales… Ahora os encontráis ante una nueva etapa de vuestro camino en la historia. Percibís la necesidad de lograr una auténtica reconciliación entre todos los argentinos, una mayor solidaridad, una decidida participación de todos en los proyectos comunes.
Argentinas y argentinos, comportaos de acuerdo con la “libertad con que nos liberó Cristo” (Ga 5, 1)… La libertad fue dada al hombre no para hacer el mal, sino el bien. Para crecer en amor. La libertad se cumple a través del amor de nuestros hermanos. Sin esta dimensión ética, espiritual, una persona humana no es libre de veras.
El amor a Dios Padre, proyectado en el amor a la patria, os debe llevar a sentiros unidos y solidarios con todos los hombres. ¡Repito: con todos!. Pensad también que la mejor manera de conservar la libertad que vuestros padres os legaron se arraiga, sobre todo, en acrecentar aquellas virtudes como la tenacidad, el espíritu de iniciativa y la amplitud de miras.
¡Creced en Cristo! ¡Amad a vuestra patria! Vuestros nobles anhelos y legítimas aspiraciones los encomiendo a vuestra Patrona y Madre, Nuestra Señora de Luján, Nuestra Señora de la Merced.
A continuación, fotos de la histórica jornada publicadas en el Facebook de Basílica de Nuestra Señora de la Merced:





