
El Obelisco, hoy símbolo de Buenos Aires pero muy cuestionado y criticado en sus primeros tiempos (al punto de que en 1939 el Concejo Deliberante aprobó demolerlo, pero el intendente Arturo Goyeneche lo vetó), cumplió 90 años de ser testigo tanto de celebraciones como del diario trajín de una ciudad que nunca descansa. Pero quien sí reposa su sueño eterno debajo es un prócer, vinculado a la efeméride de estos días.
Ocurre que hay un miembro de la Primera Junta enterrado debajo del monumento porteño más famoso. O al menos, eso cree la mayoría de los historiadores. Así, cada vez que alguien cruza la Plaza de la República, pisa sin saberlo uno de los misterios más enigmáticos de la ciudad.
Debajo del Obelisco (o muy cerca de él, en la vereda que lo rodea) podrían descansar los restos de Manuel Alberti, el único sacerdote que integró el primer gobierno patrio en 1810. Un prócer que participó de la Revolución de Mayo, que murió apenas ocho meses después de asumir como vocal, y cuyos huesos nadie sabe con certeza dónde están.
Quién era Manuel Alberti
Manuel Alberti nació en Buenos Aires en 1763, hijo de padre italiano y madre porteña. Estudió teología en Córdoba y tuvo una vida eclesiástica itinerante que lo llevó por distintas iglesias del Virreinato del Río de la Plata. Durante las Invasiones Inglesas fue detenido por mantener correspondencia con el ejército español.
Cuando regresó a Buenos Aires, se hizo cargo de la parroquia de San Nicolás de Bari, ubicada en la esquina de lo que hoy son Corrientes y Carlos Pellegrini, exactamente donde hoy está el Obelisco, que le da nombre al barrio que solemos mencionar como “el centro”. Desde allí protagonizó los días de mayo de 1810: fue el único sacerdote en integrar el primer gobierno patrio.

El 31 de enero de 1811, a los 47 años, sufrió un síncope en su habitación y murió, lo que lo convirtió en el primer miembro de la Primera Junta en fallecer. La opción lógica para darle sepultura era la propia parroquia, ya que se estilaba que los sacerdotes fueran enterrados en los templos a los que habían pertenecido. El Cementerio de la Recoleta no se inauguraría hasta 1822, once años después de su muerte.
San Nicolás de Bari, parte de la historia porteña
Durante más de un siglo, San Nicolás de Bari fue una de las parroquias más importantes de Buenos Aires. Construida en 1733 por Domingo de Acassuso, en sus fuentes fueron bautizados Mariano Moreno y Manuel Dorrego. En su torre, el 23 de agosto de 1812, flameó por primera vez en la ciudad la bandera argentina, un hecho que el propio Obelisco recuerda con una inscripción en su cara norte.

Años después, en 1931, la picota se la llevó por delante en el marco de las demoliciones para la apertura de la Avenida 9 de Julio. La última misa en aquel templo se celebró el 16 de agosto, y luego se trasladó a Avenida Santa Fe entre Uruguay y Talcahuano, donde todavía funciona hoy, encajonada entre edificios. En 1936, en el solar que ocupó la iglesia original, se inauguró el Obelisco.
El destino de los huesos de Alberti es un misterio. No se conoce constancia oficial de que hayan sido exhumados antes de la demolición. Por otro lado, durante las obras en la zona, cronistas de la época registraron el hallazgo de restos humanos en el subsuelo, lo que permite pensar que probablemente esté entre ellos lo que quede del cuerpo del único sacerdote de la Primera Junta, sintiendo los pasos diarios de millones de transeúntes, de festejos y de protestas. Fuente: C5N
