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La búsqueda de Raúl Moyano entra en una etapa crítica: los rescatistas no encuentran rastros en el cerro Ñuñorco

Casi 50 personas recorren el Ñuñorco Grande para encontrar a Raúl Moyano. Entre paredes de roca, pendientes y caminos difíciles, el esfuerzo humano choca con una ausencia que desconcierta a los rescatistas.

El objetivo es llegar al campamento instalado en la cumbre del Ñuñorco Grande. La salida se programa para el mediodía.

Poco a poco, la montaña empieza a imponer sus propias reglas. El ascenso se vuelve cada vez más empinado, las piedras reemplazan a los senderos. Por momentos todo es roca, respiración y pasos lentos.

A medida que se gana altura, el terreno se endurece y avanzar exige más esfuerzo. Encontrar a Raúl Moyano supone internarse en un paisaje inmenso, donde cada recodo puede abrir una nueva posibilidad, pero también multiplicar las dificultades. “Yo lo recorro hace años y aún no lo conozco del todo”, dice Cristian Mamaní, personal de Defensa Civil y uno de los baquianos más conocedores según el grupo de montañistas y guías que lo acompaña cuando los cruzamos a la altura una zona llamada Laguna Seca.

El operativo de búsqueda tiene una dimensión que sólo se comprende al recorrer el cerro. No se trata de un grupo que avanza detrás de una única pista, sino de un despliegue de personas distribuidas en distintos sectores, con tareas y conocimientos diferentes. Policías, especialistas en rescate, montañistas, baqueanos, agentes de Defensa Civil, integrantes de la Guardia Urbana y voluntarios recorren la montaña en busca de algún indicio del docente jubilado desaparecido el lunes 12 de octubre.

El cerro está lleno de gente que busca a Raúl. La frase resume la imagen que deja el recorrido: personas que aparecen en distintos tramos de la subida, algunas que descienden después de horas de rastrillaje y otras que continúan hacia las zonas más altas. En el campamento de avanzada, instalado cerca de la cumbre, un equipo permanece en la montaña para trabajar en los sectores más difíciles.

ASISTENCIA. Se sumaron voluntarios para efectuar todo tipo de tareas.

ASISTENCIA. Se sumaron voluntarios para efectuar todo tipo de tareas.

La travesía permite dimensionar el esfuerzo. El recorrido comienza al mediodía, desde el sector de Mula Corral, en las inmediaciones del barrio Cristo Rey, a unos 1.800 metros de altura. El calor todavía aprieta: el termómetro marca 28 grados. La mochila pesa alrededor de 20 kilos, una carga similar a la que deben transportar quienes suben para pasar la noche en el cerro.

Durante la primera parte del trayecto nos cruzamos a grupos de policías, montañistas, baquianos y especialistas en rescate que vuelven de trabajar en distintos sectores de búsqueda.

Luego de tres horas de camino se llega hasta el mirador del Ñuñorco, a unos 2.500 metros. Allí, las mesadas y un balcón natural ofrecen una pausa en el ascenso con una vista increible del valle de Tafí. En la zona nos cruzamos con más montañistas y personal del Grupo Cero que baja de la montaña luego de haber sido transportados en helicóptero para reforzar la búsqueda de sus compañeros acampando.

Hasta ahí, el trayecto es exigente, aunque todavía transitable para alguien sin experiencia en montaña. Después, el paisaje cambia y la dificultad aumenta.

Otra vez las “escaleras” rocosas de pendientes pronunciadas que obligan a avanzar con cuidado. El esfuerzo físico comienza a imponerse sobre cualquier otra preocupación y se siente cada músculo. Luego de esto, sigue una zona más plana que se convierte en un descanso invaluable después de tanto subir de la etapa anterior. Allí se encuentran voluntarios, integrantes de la Guardia Urbana y personal de Defensa Civil, entre ellos Cristian Mamaní. Su conocimiento del terreno representa una herramienta importante para el operativo. Los montañistas y guías identifican senderos y puntos de referencia, pero quienes crecieron recorriendo el cerro para cuidar animales conocen rincones que no siempre figuran en los recorridos habituales.VISTAS MAJESTUOSAS. La montaña, las nubes y un cielo infinito.

VISTAS MAJESTUOSAS. La montaña, las nubes y un cielo infinito.

La diferencia puede ser decisiva. Mientras un montañista reconoce cuatro o cinco lugares de referencia, un baqueano puede identificar muchos más. Algunos son policías, otros trabajan en organismos públicos y también hay pobladores que se sumaron voluntariamente. Todos aportan una experiencia construida durante años de caminar por esas laderas.

La búsqueda, sin embargo, no ofrece resultados visibles. Entre quienes participan de los rastrillajes se repite una observación inquietante: pese a la cantidad de personas desplegadas y a la amplitud del terreno recorrido, todavía no aparecieron rastros claros de Moyano. No se encontraron restos de comida, papeles ni otros elementos que permitan reconstruir su recorrido.

Sofía Sava, montañista con experiencia en rescates, expresa su desconcierto ante esa ausencia de indicios. La extensión del área que se revisa hace que cada nuevo tramo abra más interrogantes. La lluvia también complica el trabajo: puede borrar huellas y dificultar la identificación de señales en el suelo.

A eso se suma el movimiento de los animales. En esta época, las mulas y el ganado regresan desde las pasturas de invierno hacia el valle y utilizan las mismas sendas que recorren los rescatistas. Sus pasos pueden borrar marcas y volver todavía más difícil distinguir una huella reciente de otra que no guarda relación con la búsqueda.

En la montaña también conviven distintas formas de entender lo que sucede. Algunos pobladores sostienen que los apus, los espíritus protectores de los cerros, están enojados. Sava cuenta que participó de una ceremonia entre baqueanos y rescatistas para rendir homenaje a la Pachamama. Después, según su relato, el tiempo se despejó. La creencia convive con una explicación concreta: la lluvia y las condiciones meteorológicas condicionaron el trabajo y redujeron las posibilidades de encontrar rastros.

Mamaní lo expresa desde su propia experiencia: “parece que el Ñuñorco está enojado”, dice.

La última parte del ascenso conduce nuevamente hacia terrenos de roca y pendientes severas. El objetivo es llegar al campamento instalado en la cumbre, donde trabaja el equipo de avanzada del Grupo Cero. La llegada ocurre alrededor de las 19.30, después de más de siete horas de marcha desde la partida.

Allí permanecen varios rescatistas que pasaron la noche en altura. Su equipamiento les permite ingresar en sectores de mayor complejidad, donde el uso de cuerdas y las técnicas de montaña resultan indispensables. Mientras otros grupos rastrean diferentes áreas, ellos se concentran en los lugares a los que no todos pueden acceder.

Poco antes, dos integrantes habían salido para comprobar una señal de humo que podía representar una pista. La alerta resultó falsa. Pero el episodio volvió a mostrar hasta dónde puede llegar el esfuerzo de quienes participan del operativo: el riesgo de que los sorprenda la noche no impidió que intentaran verificar un posible indicio.

Dificultad

La oscuridad, en esas alturas, agrega una dificultad que nadie subestima. Perder la orientación durante el día ya representa un peligro; hacerlo de noche puede volver mucho más complejo cualquier desplazamiento. Por eso, cada decisión exige medir el tiempo, el clima, el estado físico y las condiciones del terreno.

Al llegar a la cumbre, el cansancio convive con la emoción de encontrar al equipo que continúa trabajando. La búsqueda adquiere allí otra dimensión: detrás de cada uniforme, cada mochila y cada recorrido hay personas que llevan días subiendo y bajando, muchas veces de manera voluntaria, con la esperanza de encontrar alguna señal.

Casi 50 personas aparecen a lo largo del recorrido. Con ellos habrá charla para escuchar sus impresiones una vez que hayan logrado descansar.

Mientras, la montaña permanece abierta, inmensa, difícil de abarcar. La cantidad de gente que la recorre no garantiza una respuesta, y cada hora sin novedades prolonga la incertidumbre. En el Ñuñorco Grande, la búsqueda de Raúl Moyano se sostiene con experiencia, esfuerzo y solidaridad. Por ahora, el cerro sigue sin revelar qué ocurrió.

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