
El petróleo en México no es solamente una cuantiosa fuente de ingresos, es también un símbolo de identidad nacional.
El país es uno de los mayores productores de petróleo del mundo y el segundo de América Latina por detrás de Brasil. Las extensas reservas de crudo le reportan aproximadamente el 30% de los ingresos federales y son un pilar fundamental de la economía mexicana y de su gasto social.
Y, sin embargo, la nación latinoamericana importa más de la mitad de la gasolina que necesita para funcionar diariamente, principalmente de Estados Unidos aunque una pequeña proporción llega de China, Singapur, Corea del Sur y los Países Bajos.
Según datos de la Secretaría de Energía, solo en 2018 México compraba en el exterior el 75% de las gasolinas que consumía, aunque en los últimos años esa cifra comenzó a bajar gracias al empeño de Andrés Manuel López Obrador y al gobierno de continuidad de Claudia Sheinbaum de alcanzar la autosuficiencia.
Un objetivo que cobra más sentido estos días en los que el bloqueo del estrecho de Ormuz por la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán ha disparado el precio del crudo por encima de los US$100 el barril.
Pero las razones por las que México aún no es 100% autosuficiente en combustibles pasan, entre otras cosas, por las características del subsuelo mexicano y por el tipo de crudo que extrae en la actualidad.
“México es uno de los principales productores de petróleo de la región. Ahí nos bendijo dios, pero nos maldijo el diablo, porque ese petróleo que tenemos es de una naturaleza pesada y amarga. Comparable al de Venezuela, pero eventualmente hasta con más azufre”, le explica a BBC Mundo Julio César Rentería, presidente del Comité de Refinación del Instituto Mexicano de Ingenieros Químicos (IMIQ).

Otro de los componentes del crudo mexicano son los asfaltenos. Es decir, la parte más pesada y pegajosa del petróleo. Moléculas insolubles que, al cambiar la temperatura o presión, se convierten en grumos con potencial para atascar pozos y tuberías.
