
Musk concentra por sí mismo más riqueza que el 46 por ciento más pobre de la humanidad, unos 3800 millones de personas. La suma de SpaceX, OpenAI y Anthropic va a disparar esa concentración a niveles inéditos.
Usemos la Copa del Mundo como excusa y a Lionel Messi como medida de algunas cosas que nos cuesta dimensionar. El 10 es uno de los deportistas más exitosos de todos los tiempos y lleva más de dos décadas como profesional con contratos millonarios. Durante casi todo ese tiempo fue la máxima estrella del deporte más popular del planeta y uno de los jugadores de fútbol mejor pagados. Las marcas más poderosas y las más lujosas pujan para tenerlo en sus publicidades.
A esta altura, se ha ganado, gracias a su esfuerzo, talento y perseverancia, además de la gloria y los éxitos deportivos, una vida de ensueño. Nadie duda de que Messi tiene, en términos materiales, todo lo que quiere, y que si quisiera algo más no tendría problema en conseguirlo y, mucho menos, en solventarlo. Piensen en toda la plata que tiene Messi. Bueno, Elon Musk, que esta semana se convirtió en el primer billonario de la historia, acumula un patrimonio mil veces más grande.
De acuerdo a un análisis de Oxfam, Musk concentra por sí mismo más riqueza que el 46 por ciento más pobre de la humanidad, unos 3800 millones de personas. Si un mono tuviera un billón de bananas mientras el resto de los monos la pasa cada vez peor y muchos sufren hambre, la cuestión se resolvería muy rápido. Aquello que suelen llamar “racionalidad” resulta, a todas luces, cada vez más irracional. Es necesario recalibrar todos los instrumentos para encontrar el rumbo perdido.
“Que una sola persona acumule más de un billón de dólares es incompatible con una economía justa y con una democracia saludable. La desigualdad económica alimenta la desigualdad política, y mientras la gente común debe asumir sus efectos, los milmillonarios continúan escribiendo las reglas en su propio beneficio”, dice el informe. La fortuna de Musk casi se triplicó desde que Donald Trump regresó al poder. El empresario había sido el principal aportante a su campaña.
Bob Lord trabajó durante 40 años como abogado tributarista para tipos con muchísimo dinero y desde hace más de una década trabaja para advertir sobre los riesgos de un sistema que promueve esa clase de espiral de desigualdad. Esta semana, escribió que “ninguna persona, en ninguna era, gastó tanto dinero en modificar resultados electorales como Musk, la persona más rica de la historia, que en 2024 desembolsó casi 292 millones de dólares para ayudar a Trump”.
“Musk invirtió un 0,1 por ciento de su riqueza y obtuvo mucho más como retorno. El gobierno de Trump rápidamente archivó docenas de investigaciones sobre las empresas de Musk, le otorgó miles de millones en nuevos contratos, e hizo subir su valor al ponerlo a cargo del Departamento de Eficiencia Gubernamental, un organismo que tuvo éxito no en eliminar el fraude y el gasto excesivo como prometía, sino en desactivar las agencias que debían controlar a sus compañías”.
Es la punta de la pirámide: en marzo de este año un análisis del New York Times reveló que trescientas familias supermillonarias en Estados Unidos aportaron en conjunto más de tres mil millones de dólares en las elecciones de 2024, casi uno de cada cinco dólares que ingresaron en la campaña. En 2008 la proporción del aporte de los supermillonarios al total era de apenas el 0,3 por ciento. Ahora hay muchos más, tienen mucha más plata y los límites que antes imponía la ley ya no existen.
Musk no se limita a influir en la política norteamericana. No tiene por qué hacerlo. Su fortuna y la infraestructura que montaron sus empresas, tanto como sus ambiciones, tienen alcance planetario (o interplanetario, estrictamente hablando). El Financial Times publicó el viernes una columna sobre cómo interviene a través de sus redes en la agenda pública en Inglaterra para beneficiar a la ultraderecha. El título deja poco a la imaginación: “Elon Musk es un villano de Bond en la vida real”.
La fortuna de Musk pegó su último salto esta semana por el debut de SpaceX en los mercados públicos de Estados Unidos. Se espera que en los próximos meses dos tecnológicas de las más grandes, OpenAI y Anthropic, van a abrir parte de su capital. Aunque usualmente deben cumplirse, como salvaguarda, una serie de pasos y plazos entre este proceso y que las acciones estén efectivamente disponibles para los inversores, el lobby de Silicon Valley consiguió una excepción.
Es probable que a partir de que empiecen a cotizar en Bolsa, la inconsistencia entre el valor financiero de estas compañías (y por lo tanto la fortuna de sus dueños), que refleja la predicción de eventuales ganancias futuras, tan inmensas como hipotéticas, y lo que verdaderamente valen y producen se haga todavía más grande. El objetivo parece ser quimérico: la burbuja que nunca explote. Ni la más avanzada tecnología que la humanidad jamás tuvo puede garantizar tal cosa.
Las grandes compañías tech llamadas las “Siete Magníficas” (Nvidia, Alphabet -Google-, Apple, Amazon, Microsoft, Meta -Facebook- y Tesla) ya significan un tercio del valor de mercado del índice Standard & Poor 500s. La suma de SpaceX, OpenAI y Anthropic va a disparar esa concentración a niveles inéditos. La economía del mundo, o al menos de Occidente, va a depender de la salud financiera de esas empresas, lo cual justificará, cuando sea necesario, nuevos salvatajes.
En la Argentina, en lugar de blindarse contra ese riesgo la decisión del gobierno es tirarse de cabeza al problema. Esta semana la Comisión Nacional de Valores adoptó una serie de medidas para desregular el mercado financiero, eximiendo de la autorización a las empresas que decidan emitir deuda pública para financiarse a través de distintos mecanismos. ¿Quién se va a hacer cargo de los acreedores cuando los privados no puedan cumplir sus compromisos?
El presidente de la CNV, Roberto Silva, y el ministro de Regulación, Federico Sturzenegger, bautizaron a estos cambios como el “Big Bang”, en referencia a un paquete de medidas que tomó Margaret Thatcher en 1986. Justamente aquella reforma financiera, junto a la rebaja de impuestos a los más ricos, y otras medidas análogas que tomó Ronald Reagano, fueron el comienzo de la espiralización de la desigualdad y de las grandes fortunas que permitió que exista Elon Musk.
