
Hay un indicador que destruye cualquier relato macroeconómico y se convalida todas las mañanas: el changuito que llega a la línea de cajas cada vez más vacío. Los datos oficiales publicados por el INDEC en su Encuesta de Supermercados correspondiente a abril de 2026 le pusieron números finos a una realidad que los vecinos de la provincia padecen en el bolsillo. La caída del consumo es un fenómeno que golpea a todo el país, pero en Tucumán la sangría se profundiza de forma alarmante, registrando la segunda peor caída de toda la Argentina.
Mientras que a nivel nacional las ventas en las grandes cadenas retrocedieron un 3,3% interanual en el acumulado del primer cuatrimestre del año, en Tucumán el desplome trepó al 10,7%. La provincia destruye consumo a una velocidad que triplica la media del país, quedando únicamente por detrás de Corrientes en el ranking de la recesión supermercadista.
Caer desde el subsuelo: el alarmante gasto por habitante
El dato más alarmante del informe del INDEC no es solo la velocidad de la caída, sino el piso desde el cual se produce. Tucumán no está “normalizando” consumos altos; está vaciando un changuito que ya venía extremadamente liviano. Durante abril, cada tucumano gastó en promedio apenas 17.999 pesos en el supermercado, lo que representa el tercer registro más bajo del país, superando raspando a Chaco y Santiago del Estero.
Esa cifra adquiere una gravedad mayor cuando se mide la brecha con el resto de las jurisdicciones: esos 17.999 pesos equivalen a apenas el 35% del promedio nacional, que se ubicó en 51.648 pesos. La distancia con las provincias del sur expone una Argentina partida, donde un habitante de Neuquén gasta en el súper casi nueve veces más de lo que puede destinar un tucumano.
La trampa metodológica que confirma el diagnóstico
Los analistas económicos suelen incorporar un matiz metodológico ante estos resultados: la encuesta del INDEC mide exclusivamente a las grandes cadenas formales. En provincias con menores ingresos relativos y altas tasas de informalidad, una porción mayoritaria del consumo se desplaza hacia canales alternativos como mayoristas, autoservicios de cercanía, ferias francas o el almacén del barrio. Esto explica estructuralmente por qué la foto del gasto per cápita en las grandes superficies es tan baja en la región.
Sin embargo, el matiz no alcanza para tapar el sol con la mano. La caída del 10,7% es una comparación interanual de las grandes cadenas contra sí mismas, bajo la misma metodología en todo el territorio. Si el cliente tucumano abandonó el supermercado para refugiarse en el mayorista, en la segunda o tercera marca, o en la libreta del almacenero de la esquina para estirar los pesos, la migración de canal no desmiento la crisis; al contrario, es el síntoma definitivo de un presupuesto familiar que ya no llega a cubrir la canasta básica.
Un modelo que castiga a la periferia productiva
La razón por la cual el ajuste golpea con saña en la provincia responde a factores estructurales históricos. El ingreso real en Tucumán se viene deteriorando a un ritmo mucho más acelerado que en las jurisdicciones centrales. Cuando la recesión aprieta, el daño social se concentra primero y con más fuerza allí donde el empleo es más precario e informal.
El mapa del consumo dibuja con crudeza la geografía del modelo económico actual. Las provincias que logran amortiguar el golpe o mostrar números verdes son aquellas vinculadas directamente a los polos de renta (energía, minería, exportaciones y captura de dólares).
En contrapartida, el interior productivo y las economías regionales absorben el impacto contractivo del esquema de ordenamiento fiscal. El “orden” macroeconómico de las planillas oficiales en Buenos Aires convive con un deterioro concreto que se encarniza en el norte del país.
