
El 12 de junio de 1987, el presidente de Estados Unidos sorprendió al mundo al exigirle a Mijaíl Gorbachov que derribara el Muro de Berlín. Lo que pareció una improvisación fue, en realidad, una decisión cuidadosamente planificada que marcó uno de los momentos más emblemáticos del final de la Guerra Fría.
Fue un bombazo. Y además, sorpresivo. Y además, marcó el principio del fin del comunismo en gran parte de Europa primero y en la URSS después. La historia oficial le adjudicó al bombazo el sesgo de la improvisación, de la espontaneidad: por algo Ronald Reagan, entonces presidente de Estados Unidos, gustaba hablar de su gestión de gobierno como la del “triunfo de la imaginación”. Pero años después se supo, y hoy también se sabe aunque se repite poco, que fue un hecho planeado al milímetro, una decisión que Reagan discutió a cara de perro con sus más cercanos consejeros. Fue un acto de audacia que pudo salir mal, pero que salió bien.
El 12 de junio de 1987, hace ya 39 años, Reagan llegó Berlín para celebrar el 750° aniversario de la ciudad en lo que era casi una visita protocolar destinada a apoyar, una vez más, a aquella histórica capital partida en dos por el Muro de Berlín, una construcción soviética levantada en 1961 que dividió a la ciudad, dividió a Alemania, dividió a Europa y dividió al mundo entero: aquel Muro de la vergüenza fue un símbolo de la Guerra Fría, que ni fue guerra, ni fue fría.
Reagan habló a los berlineses mientras daba su espalda a la legendaria Puerta de Brandeburgo, que hace más de un par de siglos fue el centro comercial y social de Berlín y a la que el Muro había dejado en el sector Este de la ciudad. A espaldas de Reagan no estaba sólo la Puerta de Brandeburgo; casi pegado al presidente se alzaba otro muro, de cristal blindado, para protegerlo de algún eventual francotirador comunista. Esos panes se horneaban en esos meses.

En lo que se suponía iba a ser un discurso evocador de los esfuerzos aliados en la Segunda Guerra Mundial, del apoyo económico de Estados Unidos para la reconstrucción de Alemania y de los resultados fantásticos conocidos como “el milagro alemán”, Reagan esquivó el protocolo y la emprendió contra el Muro de Berlín y terminó por pedir al entonces secretario general de la Unión Soviética, Mikhail Gorbachov, que terminara con aquel oprobio. No usó ningún eufemismo. Dijo: “Señor Gorbachov, ¡tire abajo este Muro!”. Ese fue el bombazo que tuvo poco eco en principio, salvo la ovación con la que los berlineses festejaron la frase.
Al día siguiente, en los diarios estadounidenses, el mensaje presidencial fue a parar a las páginas tres de las ediciones, sin escarbar demasiado en su contenido. The Times, en Londres, sí publicó el 13 de junio una foto de Reagan junto al canciller Helmut Kohl con un epígrafe que decía: “Reagan pide a Gorbachov que derribe el Muro de Berlín”. El Muro cayó dos años y medio después, en noviembre de 1989. Y en diciembre de 1991, dejó de existir la URSS, nació la Federación Rusa, se arrió la histórica bandera roja de la hoz y el martillo y llegó a su fin un mundo que hoy quiere restaurar, a cualquier precio, Vladimir Putin. Si el bombazo de Reagan pasó a la celebridad, fue gracias a la televisión, que lo hizo llegar a todo el mundo; hoy se diría que se “viralizó”, esa palabra denigrante que asocia el conocimiento con la enfermedad, pero en esos años no se hablaba con semejantes metáforas.
Berlín fue la preocupación del mundo ni bien terminó la Segunda Guerra. Capital del Reich de Adolf Hitler, tomada por los soviéticos que izaron su bandera en la cumbre de la Cancillería, donde en sus jardines todavía humeaba el cadáver del Führer, la ciudad quedó dividida en dos sectores, sin fronteras, pero bien definidos: uno en mano de los rusos y el otro en manos de americanos, británicos, franceses y canadienses.
Alemania había quedado también dividida en dos, Este y Oeste, por lo que el país estaba dividido en cuatro: en dos Alemanias y en dos Berlín. Para llevar provisiones, alimentos, carbón para el invierno, combustible y medicamentos, los aliados debían atravesar territorio soviético. En 1948, el dictador soviético José Stalin dio el primer paso para apoderarse de Berlín, bloqueó los accesos a la ciudad e impidió el paso de las fuerzas aliadas, que organizaron de inmediato un gigantesco puente aéreo que puso fin a las ambiciones soviéticas.

En junio de 1961, el presidente John Kennedy y el primer ministro soviético Nikita Khruschev se encontraron en Viena y se amenazaron con una guerra nuclear. Khruschev quería “independencia” para Berlín, lo que implicaba el total dominio soviético sobre la ciudad y el retiro de las fuerzas aliadas. Kennedy dijo no. Khruschev le dijo: “Entonces habrá guerra”. Y Kennedy: “Será un largo invierno…” Dos meses después, la URSS levantó el Muro y dividió a Berlín. La historia de ese Muro es apasionante, pero es otra historia. Primero, fue una alambrada de púas, bolsas de arena y torretas de vigilancia a lo largo de cuarenta y tres kilómetros. Khruschev pensó que si Occidente reaccionaba, siempre podía retirar las alambradas. Pero Occidente no dijo nada, y el Muro se hizo de piedra poco después.
Además de dividir a Berlín, a Alemania, a Europa y al mundo, el Muro también dividió familias, amores, amigos, proyectos y la vida entera de los alemanes. De la noche a la mañana, nunca mejor dicho porque las alambradas se instalaron en la madrugada del domingo 13 de agosto de 1961, un abismo separó a una nación; tanto, que los berlineses del Este que habían ido a bailar a las confiterías del Oeste aquel sábado a la noche, quedaron de ese lado en la madrugada del domingo y ya no pudieron, o no quisieron, regresar al clima opresivo del Este. Desde entonces, huir al otro lado del Muro, siempre hacia el Oeste, fue una meta, una meca también, para los berlineses que no adherían al duro régimen de la URSS. Un baño de sangre tiñó durante varios años aquellos intentos desesperados de vivir en libertad.
En 1963, en su última gira al exterior antes de ser asesinado en Dallas, Kennedy dio un discurso también célebre ante medio millón de personas desde la alcaidía del oeste de la ciudad. Sugirió a quienes pensaban que el comunismo garantizaba la libertad y el progreso: “Como ciudadano libre del mundo, yo digo Ich bin ein Berliner”. Es decir: “Yo soy berlinés”. Reagan llegó a Berlín dispuesto a dar el golpe de efecto, con el recuerdo de la visita de Kennedy, 24 años antes, aún muy presente. Se había propuesto superarlo.
Aquellos no eran buenos tiempos para Reagan. Transcurría el último año de su segundo mandato, las elecciones presidenciales serían en noviembre de 1988 y Reagan no podía ser reelecto una tercera vez. Conformaba junto al papa Juan Pablo II y a la primera ministra británica Margaret Thatcher un triángulo dispuesto a acabar con el comunismo, llamaba a la URSS “el imperio del mal” y en siete años de gobierno, en previsión de un conflicto, había aumentado el presupuesto de las fuerzas armadas mientras recortaba las partidas destinadas a la educación, la salud y las ayudas económicas.

Su gestión también estaba sacudida por un par de escándalos. En 1984 se había revelado que Reagan había apoyado a la llamada “contra nicaragüense”, que enfrentaba al sandinismo que había derrocado en 1979 al dictador Anastasio Somoza. Reagan había financiado a la “contra” a espaldas del Congreso, que había negado esa ayuda económica, a través del desvío de fondos, cuarenta y siete millones de dólares de la época, obtenidos por la venta de armas a Irán, el eterno enemigo de Estados Unidos.
La aparición en la escena política soviética de Mikhail Gorbachov y su política de apertura, transparencia y reestructuración, “glasnost y perestroika”, hizo que Reagan dejara en parte de lado su recelo hacia el comunismo soviético para iniciar un acercamiento con Gorbachov, que estaba empeñado en modernizar aquel imperio regido todavía por el alma de los zares y las normas de Stalin.
Ese era el escenario europeo cuando Ronald Reagan y su mujer, Nancy, visitaron el Reichstag, el parlamento alemán, para luego a las dos de la tarde, de espaldas a la puerta de Brandeburgo y protegido por los cristales blindados, el presidente estadounidense habló a los alemanes y, en especial, a Gorbachov. Después de recordar a Kennedy, era difícil obviarlo en esas circunstancias, evocó también su “Yo soy berlinés”. Dijo Reagan: “Delante de la Puerta de Brandeburgo, todo hombre es un alemán separado de sus compatriotas. Todo hombre es un berlinés, obligado a contemplar una cicatriz.” Antes había descrito al Muro como “un vasto sistema de barreras que divide a todo el continente europeo. (…) Sigue habiendo guardias armados y puestos de control y una restricción al derecho a viajar; sigue siendo un instrumento para imponer sobre los hombres y mujeres comunes la voluntad de un estado totalitario”.
Enseguida hizo una breve reseña histórica de la posguerra y del “milagro alemán”. Poco a poco su voz, era un actor consumado aunque no de los buenos, ganó en dramatismo; elevó un poco el tono, algo que era inusual. Habló de la “nueva política de reforma y apertura” de la URSS y osciló entre la duda y la esperanza. Dijo: “¿Son estos los comienzos de cambios profundos en el Estado soviético? ¿O son gestos simbólicos que pretenden dar falsas esperanzas a Occidente y fortalecer el sistema soviético sin cambiarlo? Nosotros damos la bienvenida al cambio y la apertura; pues creemos que la libertad y la seguridad van unidas, que el avance de la libertad del ser humano sólo puede fortalecer la causa de la paz mundial”.
Entonces sí, llegó el bombazo que pareció espontáneo y fruto de la pasión del orador, pero que estaba calculado al milímetro por un político astuto y decidido: “Hay una señal que los soviéticos pueden hacer y que sería inequívoca, que promovería de manera espectacular la causa de la libertad y la paz. Secretario general Gorbachov, si busca usted la paz, si busca usted la prosperidad de la Unión Soviética y Europa Oriental, si busca usted la liberalización: Venga aquí, hasta esta puerta. Señor Gorbachov, ¡abra esta puerta! Señor Gorbachov, ¡tire abajo este Muro!”.

El discurso continuó durante varios minutos. Pero lo que Reagan quería decir, estaba dicho. En Occidente, el desafío de Reagan recibió un tratamiento frío, casi distante; no hubo conciencia inmediata, incluso entre quienes escucharon a Reagan de cerca, de que se había vivido un momento trascendente de la Guerra Fría. Quien sí lo notó fue el canciller alemán Helmut Kohl: dijo luego que jamás olvidaría haber estado cerca de Reagan en ese momento: “Fue un golpe de suerte para el mundo y en especial para Europa”. Los dirigentes comunistas de Alemania del Este tacharon el mensaje de absurdo; la agencia soviética de noticias TASS, acusó a Reagan de “provocador” y de “alentar un discurso de guerra”. En Estados Unidos, “The New York Times lo publicó en la página tres, señalando que el presidente había usado tres frases en alemán. La mejor, según los analistas, era de una vieja canción, Ich hab noch einen Koffer in Berlin: “Todavía tengo una maleta en Berlín”. La única propuesta de Reagan que el diario destacó, se refería a la cooperación entre los aeropuertos internacionales a ambos lados de la ciudad.
